VERSOS Y ORTIGAS de Julio Llamazares
Hace unos días, dos amigas me regalaron “VERSOS Y ORTIGAS” de Julio Llamazares. El libro se subtitula: (Poesía 1973-2008).
Fue un regalo muy acertado. Primero por el autor, al que profeso admiración y considero un buen referente personal y luego por ser un libro sobre la poesía de Julio (poca producción, pero interesante, original…) En realidad, Llamazares publicó dos libros de poesía solamente y dejó de escribir hace muchos años. Él mismo, en el prólogo, explica que “El misterio de la poesía es igual de inexplicable cuando surge como cuando desaparece”.
Esos dos libros nombrados llevaban por título La lentitud de los bueyes y Memoria de la nieve. Los dos publicados en varias ediciones por Hiperión, la misma editorial de este “Versos y ortigas”.
No voy a explicar el significado de la palabra “versos”, pero sí dejar constancia que los que utiliza Julio son bien heterodoxos; no están sujetos a ninguna medida ni a rima alguna. En ocasiones son cortos párrafos de dos líneas y media o de una y media o de tres, que constituyen pensamientos completos y que también pueden leerse independientes del resto. Vemos tres de un mismo poema: los versos tercero, quinto y séptimo del mismo:
Caminamos a tientas entre la maleza de mimbres y almanaques porque somos cazadores furtivos en los bosques del tiempo.
Nuestras palabras crecen como hiedra hacia lo hondo sin que sepamos la savia que las nutre.
Nuestros recuerdos descansan sobre el tiempo y maduran deprisa, como la fruta enterrada en arcones de trigo.
Me han gustado especialmente los poemas sin título que conforman el libro “La lentitud de los bueyes”; 20 poemas en total, escritos en 1979. De todos ellos, quiero reproducir el número 6, con unas reflexiones sobre la soledad, el recuerdo y el olvido…
Como los fresnos precisan del sol para darnos su música, así la soledad necesita el olvido.
Soledad sin olvido es agua muerta. O quizá menos: leña seca destinada a arder en fuegos sin costumbre.
Porque la soledad no alimentada con olvido es el terreno donde crecen los abrojos del recuerdo.
Y en el recuerdo está el origen de la autodestrucción.
Nadie ignora que el olvido es vino amargo, y que, bebido en soledad, mayor aún es su acidez.
Pero tampoco ignora nadie la mansedumbre que sustenta.
En cambio, los recuerdos, espejismos del miedo, son dulces a la lengua, pero roen el corazón como alimañas.
Y, puesto que el olvido supone trascendencia, sembremos su semilla en los lejanos terrenos amarillos de nuestra soledad.
Tras la amargura inicial, brotará como un trigal la mansedumbre.
Es cierto que, en ocasiones, los recuerdos son como fantasmas que se pasean por la mente con total impunidad y también lo es que no siempre estamos hablando de recuerdos agradables que pueden confortar a nuestro espíritu. Es posible que Llamazares tenga razón (a mí me gusta ese poema), pero uno es también sus recuerdos y es posible convivir en paz con ellos. Uno vive para todo; no se admiten fracturas ni lagunas en la percepción. Creo que recordar ayuda también a ubicarse en el presente, y aún en el futuro, y también a interpretar con más exactitud algunas proximidades o algunos alejamientos.
En todo caso, los versos de Julio son una voz poderosa que nos interroga o que nos invita a pensar.
A veces, las amigas tienen buen ojo y te regalan un libro como éste. Gracias N. Gracias Y.
Mariano Coronas