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Pertenece a un Grupo de lectura de madres, padres, maestras y maestros de un colegio público. Recoge comentarios de libros, citas textuales, reflexiones personales, párrafos significativos, etc.

CONJETURAS SOBRE UN SABLE. ARTURO PÉREZ - REVERTE .

Soy de los que no encuentran raro el comportamiento disparatado de un
niño pequeño . Creo que los ademanes y muecas , las carreras sin objetivo
aparente , los ruidos y movimientos , volteretas , extrañas miradas y actitudes de esos infatigables locos cariocos no son casuales , sino que responden a impulsos concretos y a razonamientos impecables . Cada vez
que asisto a la conversación de un mocoso me asombran la firmeza de sus convicciones , la honradez intelectual y la lógica insobornable que articula
su mundo. Un mundo coherente que tiene sus reglas propias . Los incoherentes , los dispersos , los confusos , somos nosotros: Los adultos embrollados en turbias inconsecuencias ; y que , por haberlos olvidado , desconocemos los códigos tan rectos , tan intachables , que rigen el universo de nuestros cachorros .
Hoy pienso de nuevo eso , pues camino por la acera observando a un niño
que va delante , agarrado a la mano de su madre . Tendrá unos tres años y aún camina con esos andares torpes , en apariencia aleatorios y ensimismados de los críos pequeños: sigue un ritmo de pasos propio y de cadencia indescifrable , pisa esta baldosa , evita aquélla, se aparta tirando de la mano de la madre o hace un quiebro y se coloca detrás. También emite sonidos ininteligibles hinchando los mofletes. Parece, en fin, como todos los malditos enanos, majareta total: unas maracas de Machín dentro de un anorak con los Lunnis estampados . Para rematar la pinta de jenares, camina con un sable de plástico metido entre la cremallera del anorak.
El sable lo lleva con absoluta naturalidad , sin darle importancia, como sólo un niño pequeño o un espadachín profesional pueden llevarlo. Nada incogruente en su aspecto: un crío con sable, de los de toda la vida, antes de que los soplapollas y las soplapollos políticamente correctos nos convencieran de que la igualdad de sexos y el pacifismo se logran haciendo que futuros albañiles, sargentos de la legión o percebeiros gallegos jueguen a cocinillas con la Nancy Barriguitas.
El caso es que durante un trecho veo caminar al niño con la cabeza baja,
mirandose muy atento los pies. Y de pronto , en una especie de arrebato homicida, extrae el sable del anorak y , esgrimiéndolo con denuedo, empieza a asestar mandobles terribles al aire, con tal entusiasmo que al cabo tropieza, trabándose con el arma, sostenido por tirones impacientes de la madre. Inasequible al desaliento, en cuanto recobra el equilibrio vuelve a sacudir sablazos a diestro y siniestro, dirigidos a cuanto transeúnte se pone a tiro. La madre lo reconviene zarandeándolo un poco, y ahora el tiñalpilla camina un trecho cabizbajo, el aire enfurruñado, arrastrando la punta del sable por la acera. Pero un cartero se acerca de frente, arrastrando su carrito amarillo, y la tentación es irresistible. Así que el enano mortifero alza de nuevo el sable, hace una parada como su se pusiera en guardia, y le tira un viaje al cartero, que da un respingo. El segundo mandoble intenta atizarselo a un chico joven de mochila que viene detrás, se aparta de improviso, el sablazo se pierde en el vacío, y el niño, todavía agarrado por la otra mano a su madre, gira en redondo sobre si mismo y cae medio sentado al suelo. Ahora madre e hijo reanudan camino, mientras éste, lloroso, cautivo y desarmado, mira los transeúntes con evidente rencor social.
_Quizá su hijo tenga razón_ le digo a la señora al ponerme a su altura.
Me mira sorprendida. Suspicaz. Así que sonrío, señalo al enano, que me estudia desde abajo como diciéndose "no se quién será éste, pero cuando recupere el sable se va a enterar", y añado:
_A lo mejor sólo intenta defenderla.
La madre me observa un instante, aún confusa. Al fin, sonríe a su vez.
_Puede ser_ responde.
_Tal como se presenta el futuro, yo le devolvería el sable.
Saludo con una inclinación de cabeza y sigo camino, adelantándome. Al rato, cuando hago alto en un samáforo, me alcanzan de nuevo. Los miro de soslayo y compruebo que el diminuto duelista lleva otra vez el sable de plástico metido en el anorak. Entonces el semáforo se pone en verde y cruzo la calle, riendo entre dientes. A fin de cuentas, concluyo, un sable puede ser tan educativo como un libro. Según quién te lo ponga en las manos.

ELI .

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