JOSE SARAMAGO - LAS PEQUEÑAS MEMORIAS
Mariano Coronas Cabrero - 22-02-2007 16:54:26 | Categoria: General
Quien se acerque por primera vez a Saramago con Las Pequeñas Memorias tendrá sin duda la ocasión de apreciar la envolvente musicalidad de su sintaxis; ese estilo tan personal de frases largas que parecen danzar ante los ojos del lector cual bailarines perfectamente acompasados en sus movimientos de vals. Una música esta y unos largos pasos los de este baile que, intercalados con los giros por los que se caracteriza este género, se adecuan a la perfección tanto al tema (rescatar con los saltos de la memoria los recuerdos que han marcado nuestra infancia y temprana adolescencia) como al tono (sosegado, sin espavientos ni grandes artificios).Todavía con el eco de las palabras con las que Gabriela empieza su narración en Historia de una maestra en mente, es decir, que ninguna vida se recuerda cronológicamente sino a saltos, a golpes, Saramago parece hacer justicia a estas palabras y sus recuerdos aparecen ante nosotros casi diría que de manera caótica. Hay incluso un momento en la narración en que Saramago hace un inciso y aclara hechos que quedaron vagamente temporalizados en páginas anteriores una vez asegura haber encontrado documentos que así los desmienten. Episodios de su infancia que quedan temporalmente suspendidos en el aire y retomados posteriormente como el viaje a una feria en un pueblo vecino y otros que quedan inconclusos como la historia de la muerte de su hermano cuando Saramago era tan sólo un bebe.
Anécdotas curiosas acerca del origen del apellido Saramago (ese era un sobrenombre que un malicioso por no decir ebrio funcionario del registro civil tuvo a bien ponerle a continuación del “de Sousa” oficial y que posteriormente su padre se vio obligado a adoptar), historias fantásticas como explicación a fenómenos naturales (el caso de la costurera castigada a coser por haber trabajado en domingo -en realidad las carcomas- o el hombre de la luna que transporta un atillo de leña a sus espaldas –la sombra que aparece dibujada en la luna-) e imágenes bellas como la del haya sacudida repentinamente por un soplo de aire haciendo volver del revés sus hojas y cambiando por tanto de color resultan deliciosas y son las que al final perduran en la retina y la memoria del lector.
Otra imagen (esta vez prestada de la portada de un diario) que Saramago asegura haberle acompañado toda su vida es la de una mano de hierro enfundada en un fino guante de terciopelo representando en el caso del periódico la dictadura de Salazar pero que por extensión él llega a asociar a otros dictadores:
“… ya en ese tiempo, más por intuición que por suficiente conocimiento, para mí Hitler, Mussolini y Salazar eran cucharas del mismo palo, primos de la misma familia, iguales en la mano de hierro, sólo diferentes en el grosor del terciopelo y en el modo de apretar.”(p. 170)Muchos recuerdos relacionados con el tema de la lectura (primero como oyente de la fascinante historia de Maria en la novela por entregas Fada dos Bosques y posteriormente su facilidad para aprender a leer), así como su repentina afición a “mentir” contando la trama de una película que no había visto cuando en realidad inventaba dicha trama a partir de los fotogramas colgados a la entrada del cine a modo de reclamo (¿fue ese quizás su primer ejercicio como inventor/narrador de historias?), nos muestran diferentes etapas en ese incipiente interés por las letras y que ha hecho de él, muchos años después, un maestro del lenguaje.
De todas estas imágenes bellas, de todos estos recuerdos tan personales aunque transferidos al lector caóticamente, como no puede ser de otra manera cuando es el sentimiento y no la razón el que los invoca, yo me quedo con la imagen de Saramago como un niño melancólico y un “adolescente contemplativo y tan frecuentemente triste” (p.21) puesto que esa sea quizás la imagen en la que muchos adultos nos reconocemos y para los cuales los bolsillos también han sido “la providencia de los tímidos”.
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