Mariano Coronas Cabrero - 28-06-2009 18:37:28 | Categoria:
General
Hace unos días, dos amigas me regalaron “VERSOS Y ORTIGAS” de Julio Llamazares. El libro se subtitula: (Poesía 1973-2008).
Fue un regalo muy acertado. Primero por el autor, al que profeso admiración y considero un buen referente personal y luego por ser un libro sobre la poesía de Julio (poca producción, pero interesante, original…) En realidad, Llamazares publicó dos libros de poesía solamente y dejó de escribir hace muchos años. Él mismo, en el prólogo, explica que “El misterio de la poesía es igual de inexplicable cuando surge como cuando desaparece”.
Esos dos libros nombrados llevaban por título La lentitud de los bueyes y Memoria de la nieve. Los dos publicados en varias ediciones por Hiperión, la misma editorial de este “Versos y ortigas”.
No voy a explicar el significado de la palabra “versos”, pero sí dejar constancia que los que utiliza Julio son bien heterodoxos; no están sujetos a ninguna medida ni a rima alguna. En ocasiones son cortos párrafos de dos líneas y media o de una y media o de tres, que constituyen pensamientos completos y que también pueden leerse independientes del resto. Vemos tres de un mismo poema: los versos tercero, quinto y séptimo del mismo:
Caminamos a tientas entre la maleza de mimbres y almanaques porque somos cazadores furtivos en los bosques del tiempo.
Nuestras palabras crecen como hiedra hacia lo hondo sin que sepamos la savia que las nutre.
Nuestros recuerdos descansan sobre el tiempo y maduran deprisa, como la fruta enterrada en arcones de trigo.
Me han gustado especialmente los poemas sin título que conforman el libro “La lentitud de los bueyes”; 20 poemas en total, escritos en 1979. De todos ellos, quiero reproducir el número 6, con unas reflexiones sobre la soledad, el recuerdo y el olvido…
Como los fresnos precisan del sol para darnos su música, así la soledad necesita el olvido.
Soledad sin olvido es agua muerta. O quizá menos: leña seca destinada a arder en fuegos sin costumbre.
Porque la soledad no alimentada con olvido es el terreno donde crecen los abrojos del recuerdo.
Y en el recuerdo está el origen de la autodestrucción.
Nadie ignora que el olvido es vino amargo, y que, bebido en soledad, mayor aún es su acidez.
Pero tampoco ignora nadie la mansedumbre que sustenta.
En cambio, los recuerdos, espejismos del miedo, son dulces a la lengua, pero roen el corazón como alimañas.
Y, puesto que el olvido supone trascendencia, sembremos su semilla en los lejanos terrenos amarillos de nuestra soledad.
Tras la amargura inicial, brotará como un trigal la mansedumbre.
Es cierto que, en ocasiones, los recuerdos son como fantasmas que se pasean por la mente con total impunidad y también lo es que no siempre estamos hablando de recuerdos agradables que pueden confortar a nuestro espíritu. Es posible que Llamazares tenga razón (a mí me gusta ese poema), pero uno es también sus recuerdos y es posible convivir en paz con ellos. Uno vive para todo; no se admiten fracturas ni lagunas en la percepción. Creo que recordar ayuda también a ubicarse en el presente, y aún en el futuro, y también a interpretar con más exactitud algunas proximidades o algunos alejamientos.
En todo caso, los versos de Julio son una voz poderosa que nos interroga o que nos invita a pensar.
A veces, las amigas tienen buen ojo y te regalan un libro como éste. Gracias N. Gracias Y.
Mariano Coronas
Mariano Coronas Cabrero - 19-05-2009 15:28:34 | Categoria:
General
“UNA PERSONA COMO MARIO NUNCA MUERE, SE SIEMBRA” (Tabaré Vázquez, Presidente de Uruguay, sobre el fallecimiento de Mario Benedetti)
Tras la muerte de Luz, su esposa, escribió: “Acontece la noche y estoy solo / cargo conmigo mismo a duras penas / al buen amor se lo llevó la muerte / y no sé para quien seguir viviendo”.
Mario Benedetti es un escritor grande, de variados registros; leído y admirado: “es el escritor leído por el ama de casa y por su doméstica, por el empresario y el obrero”, dice Cistina Peri Rossi (escritora uruguaya). “Cuando me entierren, por favor, no se olviden del bolígrafo”, pidió en algún momento.
Cuando muere un escritor, un poeta de la talla de Benedetti, el árbol de la poesía pierde una nueva hoja. Sabemos que sus libros estarán entre nosotros y en ellos sus palabras; sus palabras certeras que nos convocan: “Mi táctica es quedarme en tu recuerdo / no sé cómo / ni sé con qué pretexto / pero quedarme en vos”.
Este es uno de sus poemas inéditos publicado hoy en “La Vanguardia”: LIBROS Quiero quedarme en medio de los libros / vibrar con Roque Dalton con Vallejo y Quiroga / ser una de sus páginas / la más inolvidable y desde allí juzgar al pobre mundo / no pretendo que nadie me encuaderne / quiero pensar en rústica / con las pupilas verdes de la memoria franca / en el breviario de la noche en vilo / mi abecedario de los sentimientos / sabe posarse en mis queridos nombres / me siento cómodo entre tantas hojas / con adverbios que son revelaciones / sílabas que me piden un socorro / adjetivos que parecen juguetes / quiero quedarme en medio de los libros / en ellos he aprendido a dar mis pasos / a convivir con mañas y soplidos vitales / a comprender lo que crearon otros / y a ser por fin este poco que soy.
El periódico PÚBLICO ofrece un curioso cuadro titulado “Relaciones literarias de un autor eterno”. Como si de un árbol genealógico se tratara, define estos parentescos:
Abuelos: César Vallejo y Bertolt Brecht
Padres: Pablo Neruda, Ernest Heminway y William Faulkner.
Hermanos: José Hierro, Ángel González, Jaime Sabines, Jaime Gil de Biedma y José Emilio Pacheco.
Hijos: Joan Manuel Serrat, Luis García Montero, Gioconda Belli y Benjamín Prado.
Nietos: Ismael Serrano y Marwan
Daniel Viglietti fue uno de sus grandes amigos y quien puso música a muchos de sus poemas. Suyas son estas palabras: “A mí, a pesar de la profunda tristeza por la que todos pasamos este día, me gustaría recordarlo defendiendo la alegría, la lealtad, la esperanza… como él siempre lo planteó y no sólo en su obra, sino también en su actitud”.
Y el último recuerdo, es de su compatriota Eduardo Galeano:
“El dolor se dice callando. / Pero me pregunto: / ¿qué será de nuestra ciudad, sola de él? / ¿qué será de Montevideo, mutilada de él? / Y me pregunto: / ¿qué será de nosotros, sin su bondad inexplicable?”
Yo sólo quería armar unas líneas con lo que dicen algunos periódicos y animar a leer los versos intemporales de Mario Benedetti; un poeta que nunca recibirá el Premio Cervantes.
Mariano Coronas Cabrero
Mariano Coronas Cabrero - 06-05-2009 08:53:54 | Categoria:
General
(Este artículo habla de dos cosas fundamentalmente: de cómo llego Elvira Lindo a la literatura –según ella cuenta- y de la desaparición –esperemos que momentánea o coyuntural- del “Pequeño País”. El artículo se publicó en el suplemento Domingo del citado periódico, el pasado fin de semana)
Elvira Lindo 03/05/2009 – El País
Yo entré en la literatura por la puerta de atrás. Yo no tengo nada contra esas puertas, las de atrás; al contrario, las venero. Las puertas de atrás son más bajitas que las puertas grandes, así que, para entrar, una tiene que agacharse. A veces, como es mi caso, una tiene que agacharse tantas veces que se te queda en el alma una especie de humildad patológica, que se advierte en que siempre tienes la cabeza ligeramente echada para adelante, como si estuvieras resignada a que en cualquier momento alguien te puede arrear una colleja. La puerta de atrás en la literatura es la literatura infantil. Hace no mucho, Babelia preguntó a unos cuantos escritores qué diez libros habían sido esenciales en su vida hasta el punto de cambiarla un poco. Que yo recuerde, casi ninguno citó libros de los que leyeron de niños. Con lo cual, o bien nuestros escritores andaban a los diez añitos leyendo En busca del tiempo perdido, o bien no sintieron ni frío ni calor hasta que a los treinta años se atrevieron con Proust o con Joyce. Me sentí, como tantas veces, una inocente, poniendo en el primer lugar de mi lista a Huckleberry Finn, o una tonta perdida, que no entiende que a las preguntas que te hacen en los suplementos culturales nunca debes contestar con sinceridad. De cualquier manera, también mentí, porque de haber dicho la verdad, esa lista de "los diez libros que te trastornaron" estaría copada con los que leí en mi infancia y juventud. Ahí tendrían que haber estado con pleno derecho Mujercitas, Corazón, Tintín, Guillermo Brown, Tom Sawyer, todos los clásicos de Historias Selección, todos los de Enid Blyton. En fin, esa pequeña biblioteca seleccionada sin criterio literario o con un sólido criterio: los libros han de ir directos de los ojos al corazón, de los ojos a la risa, de los ojos al miedo. Hace ya algunos años, dieciséis (qué vértigo), comencé a escribir unos libros que, sin haberlo yo previsto (aunque haya quien sostenga que fue un "producto" malignamente pergeñado para ser un best seller), llegaron a ser popularísimos entre el público infantil. Yo lo vivía con alegría, pero también con cierto complejo, por aquello de haber entrado al templo por la puerta de atrás. Recuerdo el día en que acabé el primer libro: con la emoción del trabajo recién terminado, me eché a la calle; andaba por la Gran Vía cuando me encontré al novelista Eduardo Mendicutti. Nos tomamos un café. Él me dijo que acababa de terminar una novela. Yo no me atreví a decirle que me encontraba en la misma situación. En realidad, estuve conteniendo tontamente todas mis emociones durante muchos años. La emoción de tener de pronto tantos lectores, tan atentos, tan sinceros, tan entregados, tan bulliciosos. La emoción de las colas de niños esperando una firma o el recibimiento en algunos colegios. La emoción de recibir cartas dirigidas al personaje que yo había creado, como si yo no fuera más que una mera transcriptora de sus aventuras. Esa contención se debía, por qué no confesarlo, al complejo de haber entrado a la literatura por la puerta de servicio. No era yo la que generaba espontáneamente ese complejo, en esto te ayudan activamente la condescendencia del mundillo cultural. Recuerdo al político Carod Rovira preguntar: ¿quién es esta señora, aparte de la autora de un personaje que vive en un barrio de Madrid? Los recuerdos de aquellos días manolitescos me vienen con una mezcla de melancolía y felicidad. En los últimos tiempos me llegan más cartas que nunca de jóvenes universitarios que se hicieron lectores con mis aventuras. El cariño con el que me agradecen aquellos buenos ratos de su infancia me conmueve. Algunos de ellos me han seguido en todas las edades de su vida, lo que significa que (ésta es la parte que escuece) me hacen mayor. Algunos me conocieron directamente por los libros, otros me conocieron a través del Pequeño País, en donde cada domingo escribí, y Emilio Urberuaga ilustró, una novela por capítulos. Fue también mi estreno en el periódico, así que cómo no ponerse un poco triste con el cierre de aquel cuadernillo. Para los que no tienen hijos, su falta ha pasado desapercibida; para los que los tenemos ya mayores, también un poco: vas haciéndote más ignorante en materia de tebeos, ilustradores o cuentos. Pero eso no quiere decir que nos olvidemos de la ilusión con que desbrozábamos el periódico y le dábamos al niño su sección. Mi hijo y yo, por estos días primaverales, lo leíamos al solete, en un banco de la calle. Si cuando sea mayor, por la razón que fuera, le preguntaran en algún suplemento cultural cuáles fueron las lecturas más importantes de su vida y no se acuerda del cuadernillo que dirigía (con mano firme) nuestra Ana Bermejo, es que no tiene vergüenza. Sí, sí, él deberá acordarse del pequeño Nicolás, de Matilda, de Tintín, de todos los Zipizapes, Superlópez, del Marsupilami, de lo bueno y de lo malo, de su pequeña librería sin criterio literario, de esos libros que van de los ojos al corazón. Hoy, al fin, expreso mi emoción, aunque sea con la triste excusa de un obituario: entré, con otros, por la puerta de atrás; trabajé, con otros, en el Pequeño País, pero qué grandes nos hemos hecho en el recuerdo de aquellos nuestros pequeños lectores.
Mariano Coronas Cabrero - 30-04-2009 10:25:37 | Categoria:
General
Acabo de leer EL INFORME DE BRODECK, del escritor francés Philippe Claudel. Una novela que, poco después de iniciarla, el lector se percata de que promete y presiente que está ante una obra de consideración.
Brodeck llega a un lugar indeterminado que se intuye en el centro de Europa; un pueblo pequeño perdido y aislado en un valle montañoso, un paraíso paisajístico (diríamos en estos tiempos en los que sólo nos acercamos hasta esos recónditos lugares los fines de semana o unos días de vacaciones) o un lugar de una dureza climática y orográfica extrema. Brodeck llega de niño a ese lugar, en compañía de una mujer que lo cuida y protege, Fédorine. Años más tarde, llega también a ese apartado lugar un personaje que despierta curiosidad, sorpresa y precaución; desde un principio pasa a ser denominado como “De Anderer” (“el Otro”) y buen parte del relato se teje en torno al destino de este hombre que, ya desde la primera página se intuye que ha sido asesinado y que la autoría ha sido colectiva, como si de un “Fuenteovejuna” se tratara.
Brodeck es el narrador del libro, que comienza con una frase corta, pero contundente: “Me llamo Brodeck y no tuve nada que ver.”
El libro, en realidad, no es un informe sino dos. Los hombres influyentes del pueblo le piden (le exigen) a Brodeck que escriba uno relacionado con la desaparición de “De Anderer”; una faena que le va atraer algunos problemas y muchas dificultades de realización. Se va entrevistando con diferentes personas del pueblo para recabar y cotejar informaciones sobre los días previos, sobre el día de autos, sobre las relaciones que mantenían con el desafortunado. De paso, va retrocediendo en su propia vida y va recordando y releyendo algunos de los episodios que vivió desde su llegada y ese es el otro informe que nos desvela su tragedia personal.
En el fondo, la guerra y su estancia en un campo de concentración, donde vivió todos los horrores y asistió a la degradación de cuerpos y mentes… Una guerra que también causó, en ese pueblo sin nombre, estragos y heridas que nunca cicatrizaron… De modo que vamos conociendo, del pasado al presente, los episodios clave en la vida de Brodeck, un hombre que, además, realiza informes relacionados con los animales y las plantas, los usos agrícolas y ganaderos del valle donde vive, que manda periódicamente a la capital S. sin saber para qué sirven y que recibe de vez en cuando una modesta paga que le permite mantener a su familia: la vieja Fédorine, su querida y “ausente” Emélia y su hija Poupchette. Y en medio de aquella sociedad cerrada y hostil ante quienes venían de otros lugares, contaminada con los ideales de quienes propagaban una raza superior que habría de gobernar el mundo; una sociedad donde sólo los hombres contaban y el alcohol llenaba soledades, reponía energías y tornaba valientes a los más cobardes (nadie pensaba en las resacas), estaba Brodeck, con terribles vivencias personales que trataba de olvidar, para construir desde el olvido y el perdón, una vida nueva para su pequeña familia…
En el libro abundan las frases y reflexiones que invitan a ser leídas más de una vez; reflexiones sobre la vida, sobre el pasado, sobre la tolerancia, sobre muchas cosas que nos construyen o nos destruyen como seres humanos; reflexiones interesadas de algunos personajes que así creen salvar su honor o su vida:
“Todo lo que pertenece al ayer, pertenece a la muerte; lo que importa es vivir, y tú, Brodeck, que volviste de donde no se vuelve, lo saber mejor que nadie” le dice el alcalde Orschwir, poco antes de destruir el informe escrito en las llamas de la estufa. “No puedes hacer eso” le espeta Brodeck y el alcalde le dice: “El rebaño cuenta conmigo para que aleje todos los peligros, y el recuerdo es uno de los más terribles…”
El cura Peiper, por ejemplo, totalmente alcoholizado, le hace una confesión personal a Brodeck sobre sus creencias y su trabajo: “… Voy a ayudarte un poco haciéndote una confidencia: yo tampoco creo demasiado en Dios. Le he hablado durante mucho tiempo, años y años. Me parecía que me escuchaba, incluso que me respondía, mediante signos, ideas que se me ocurrían, cosas que hacía, inspirado por él. Luego, todo se acabó. Ahora sé que no existe, o que se ha ido para siempre, lo que viene a ser lo mismo: estamos solos. Eso es todo. No obstante, sigo con la función, está claro que mal, pero todavía tiene público. Eso no perjudica a nadie, y aquí viven unas cuantas almas viejas que estarían aún más solas y más abandonadas si cerrara el teatro…” Y con estas dos reflexiones finales, que comparto totalmente, os dejo con la miel en los labios. El libro me lo regaló hace poquitos días Alba, una de mis alumnas de sexto y ha sido un buen regalo:
“Un río cuenta muchas cosas, a poco que sepas escuchar. Pero la gente nunca escucha lo que cuentan los ríos, lo que cuentan los bosques, los animales, los árboles, el cielo, las rocas de las montañas, los demás hombres… Sin embargo, hay un tiempo para hablar y otro para escuchar”.
“Los senderos son como las personas: también mueren. Poco a poco se llenan de piedras, se nivelan, se fragmentan, se dejan devorar por la hierba y acaban desapareciendo. Bastan unos años para que no se distinga más que un lomo de tierra, y la mayoría de los seres acaban olvidándolos”.
Al final, Brodeck y su pequeña familia transitan por un nuevo y desconocido sendero…
Mariano Coronas Cabrero
Mariano Coronas Cabrero - 30-04-2009 09:13:08 | Categoria:
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Hoy, 30 de abril, habíamos quedado para una nueva reunión del grupo de lectura. El pasado mes de marzo lo dejamos todo pendiente de una vesícula y una operación… El Descoordinador desvesiculado está en fase de recuperación y, aunque ahora lee como nunca, está atacado de una nada sutil flojera que le impide prodigarse en estos eventos.
De modo, que seguimos utilizando el blog para contarnos lo que leemos y esperamos que en mayo encontremos una tarde para reunirnos de nuevo y celebrar todo lo que haya que celebrar.
Saludos, una vez más, del Descoordinador.